Vandalizando el vandalismo: de cómo en Venezuela, se van a deshacer, de los que comenzaron a deshacer a Venezuela.

El Diccionario de la Real Academia Española, define al sustantivo vandalismo como “un espíritu de destrucción que no respeta, cosa alguna, sagrada o profana”. Entiéndase de esa actitud malintencionada y cargada de ignorancia, odio y rencor, que pasa por encima de cualquier elemento, objetivo o subjetivo. Una acción además marcada por una clara vehemencia de destruir. De acuerdo a José Martí, nuestro Apóstol de la Libertad, los hombres se clasifican en dos bandos, unos que aman y construyen, mientras que los otros, se disponen a destruir, motivados por la fuerza ciega de sus odios.

El origen mismo de la palabra, nos lleva a siniestras verdades. La antigua ciudad de Roma, había sido la cuna de un poderío cultural y económico, que la convirtió en un poderoso imperio, capaz de controlar el Mar Mediterráneo por espacio de casi mil años. A partir del año 410 d. C., Roma dejó de ser lo que fue. Convirtiéndose en un estado débil, vulgarizado y barbarizado, incapaz de defenderse de los ataques de ciertos pueblos incivilizados que pugnaban por destruir lo más bello y civilizado del Mundo Antiguo. Uno de esos pueblos eran los vándalos. En el año 455 d. C., dirigidos por su rey Genserico tomaron la ciudad de Roma y la sometieron a un brutal saqueo que duro 14 días. Se dice que la sangre corrió a torrentes, mientras que los vándalos, no conformes con el daño hecho a la infeliz ciudad, se dedicaron incluso a destruir las hermosas obras de arte. Su marcado interés era humillar a todo un pueblo, y lo peor no dejar constancia de su anterior grandeza para la posteridad.

Pero si en algo fallaron los vándalos fue en liquidar a Roma. La grandeza de una civilización puede sentirse frustrada por una derrota, pero como grandeza, siempre resurgirá cual ave Fénix. Roma seguirá siendo la Ciudad Eterna, mientras que de los vándalos solo nos queda un triste recuerdo y vocablo despreciable dentro de la lengua castellana. Sin embargo, el daño del oprobio y la desidia crean, siempre será duro de reparar. Desde hace 18 años, Venezuela vive el azote de un brutal saqueo llevado a cabo por bárbaros sin prestigio. Su líder inicial, Hugo Chávez, se le presento al mundo como el Mesías esperado que salvaría a los más necesitados, sin necesidad de sacrificar al resto de la sociedad. En eso se ha basado el discurso triunfalista de esa prole de orangutanes que siempre hacen, lo que nunca dijeron. Pero los más empobrecidos, y no digo del bolsillo, sino del alma, son presa fácil para dejarse cautivar por esta majada de bribones, que dicen militar en la llamada izquierda revolucionaria. Chávez y luego su sucesor Maduro, han sabido mover muy bien sus fichas. Su apoyo viene desde lo más bajo del sentir venezolano. Para colmo, no solo les ha bastado reclutar a los exponentes de la peor calaña en la Patria del Libertad, sino que incluso lo han importado desde Cuba, el Medio Oriente, Ecuador y de donde sea. Simplemente los vándalos llegaron a Venezuela.

La vandalización comenzó como un proceso lento e intelectualmente vulgar. Destruir lo anterior, porque se construiría algo que sería mucho mejor. Así empezaron por desbaratar las bases fundamentales de toda sociedad que son la moral y las tradiciones. La intelectualidad vulgarizada, aquella que mezcla palabras obscenas con rimas poéticas, fue dando paso incluso a una defenestrada inmoralidad que fue sumiendo a Venezuela en un caos moral. La corrupción comenzó a jugar dominó con la pobreza, la inmoralidad y la ignorancia, y en ese juego sórdido el único derrotado ha sido el propio pueblo venezolano. E incluso, ni el mismo Chávez, escapo de ser víctima de morir envenenado de su propio odio.

Por eso a raíz de las protestas de los más jóvenes, de los que aman una sociedad forjada con la grandeza de los próceres libertadores del siglo XIX, se han suscitado ciertos casos de agresión al ornato público. El más significativo ocurrió el cinco de mayo de este año, cuando un grupo de ciudadanos destruyo y quemo una estatua del propio Chávez, en Zulia. La intelectualidad y algunos no tan intelectuales han criticado el hecho e incluso han llamado vándalos a los opositores al des-gobierno. Y en cierto modo puede ser cierto que las protestas opositoras se han basado en vandalizar y destruir. Pero este es un vandalismo de nuevo tipo. Este es el vandalismo que pretende deshacerse de aquellos que vandalizaron e intentaron deshacerse de Venezuela. Este es el vandalismo que busca liberar a la amada Patria de las hordas de orangutanes que no se doblan ante el decoro, sino que en actitud de franca arrogancia, usan de la fuerza bárbara para matar, destruir y dejarnos constancia a todos, cuanto odian la grandeza de otros. Me atrevo a decir que Venezuela va a desgarrarse en lágrimas de dolor por la pérdida de muchos hijos. Pero me atrevo a decir que, aunque hoy algunos se empeñan en querer reducir a cenizas la grandeza de toda una nación, la hazaña de todo un pueblo impedirá que como decía Martí los hombres que van en bando de la destrucción y los odios más infames, no podrán avanzar mucho, porque hay brazos decididos a construir una mejor Venezuela ¡Adelante pueblo de Bolívar, Sucre, Santander, Ribas, adelante que la libertad te espera!

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Roma Golpea con la Zurda

Desde sus orígenes en los últimos años de la década de los ’60, la teología de la liberación se convirtió en una aproximación eclesiástica a las necesidades sociales del hombre latinoamericano. La nueva corriente de pensamiento que arrastraba a una parte del clero católico en América Latina, buscaba liberar al sujeto oprimido por la maldición del pecado, materializado en la desigualdad social. Tradicionalmente los creyentes promedio en el sub continente, han sido personas de humilde condición económica y social, además de vivir sumido en la total ignorancia académica. Por tal condición y en armonía con las olas de contracciones revolucionarias en diversos países latinoamericanos, los teólogos de la liberación, se convirtieron en aliados de los distintos movimientos sociales, todos ellos de marcada tendencia anti capitalista, anti norteamericana e inspirados en la naciente Revolución Cubana. Al decir teología de la liberación, podemos afirmar que se trata de la combinación entre el pensamiento marxista latinoamericano, con una tibia presentación del mensaje restaurador del Evangelio.

Y bajo estas premisas doctrinales nació Jorge Bergoglio, ascendente personaje entre los oscuros y complicados vericuetos de los seminarios jesuitas bonaerenses. Bergoglio, no podía demostrar sus simpatías hacia el llamado movimiento liberacionista, sino más bien decidió aparentar ser un defensor de la Junta Militar que gobernó Argentina entre 1976 a 1982. Por conveniencia o por convicción, todavía hoy nos aquejan las dudas, se mantuvo del lado de la dictadura y siempre fue visto como un elemento oportunista por sus adversarios izquierdistas. Sin embargo, Bergoglio para nada tuvo problemas con eso, sino más bien todo lo contrario. Después de la caída del gobierno militar, Bergoglio tuvo una carrera eclesiástica meteórica. Preocupado con el ascenso de las iglesias evangélicas en Argentina, abandonó a los jesuitas para convertirse en obispo de Buenos Aires. El mismo reconocería que una de las razones por las cuales la Iglesia evangélica crecía, mientras el catolicismo decrecía, era porque los primeros estaban más del lado de los más necesitados. Nuevamente la conveniencia le hizo enfilar los cañones de sus predicas en contra de los gobernantes argentinos, elegidos democráticamente, pero de afiliación estatista e izquierdista. La política argentina post dictadura estuvo permeada de corrupción administrativa y mal uso de los recursos públicos. Así llego a cardenal y con ello a Roma, y en un abrir y cerrar de ojos, a convertirse en Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana, y sentarse de paso, en el Trono que, según los católicos, pertenece al Apóstol Pedro. Como llegó allí, es para todos, un misterio, como cualquier asunto que se debata en el conclave del Colegio Cardenalicio. Apodado Francisco, comenzó a reinar como Príncipe de la iglesia y Santo Padre de la Cristiandad. Ya sentado en el poder, pues a sacar de debajo de la manga su perspectiva de la teología de la liberación, la cual supo esconder muchísimo, por varios años. Sus posiciones anti capitalistas, a lo que él llama parte del problema de la explotación y la marginalización, le ha valido la total aceptación de los principales líderes de la izquierda marxista, no importa si estos son ateos convencidos, el Papa Francisco para ellos es un “hombre comprometido”. Sobre todo, después de haber recibido una réplica de la crucifixión del Señor, de manos del socialista presidente de Bolivia Evo Morales. Esta réplica se burlaba de la Cruz, haciéndola igual al endemoniado símbolo de la hoz y el martillo. Luego vino su coqueteo con el régimen de Raúl Castro, negando que durante su visita a Cuba, haya visto algún tipo de represión.A esto le sumamos sus discursos globalistas, anti Trump, anti capitalista, pro musulmán y revisionista de la Historia, lo situaron entre los máximos exponentes del Nuevo Orden Mundial, algo que con el debido respeto, lo hacen más anticristiano que el propio emperador romano Nerón. Su última diatriba la ha lanzado en contra de la oposición venezolana que justamente se enfrenta al des gobierno de Maduro y sus orangutanes. Francisco, alias el Papa, pone la carga de la responsabilidad sobre los hombros de la oposición en el conflicto venezolano. Es algo ya manifiesto en la izquierda, culpar a otros y taparse mutuamente. Sin darse cuenta la Curia romana ha sido poseída por fuerzas completamente ajenas al Evangelio de Jesucristo. No puedo decir que este fenómeno afecte a la totalidad de los miembros del Colegio Cardenalicio y la Curia, pero lo cierto es que no se ha expresado alguna oposición a la cada vez más peligrosamente izquierdista, marxista y anti libertaria posición de quien una vez se hiciera llamar Jorge Bergoglio. Nada que, desde Roma, nos están golpeando con la zurda.